David Encaoua · Abril de 2025 · Tribune Juive
El judaísmo es una religión de la memoria. Zakhor —recuerda— es uno de los mandamientos más difundidos en la Torá. Pero ¿cuál es la diferencia entre historia y memoria en la tradición judía?
La historia es la reconstrucción erudita del pasado a partir de documentos, de fuentes, de pruebas. Aspira a la objetividad, aunque nunca la alcance plenamente. Es el dominio del historiador.
La memoria es otra cosa. Es transmisión, es identidad, es urgencia. La memoria judía de la Shoá, de la expulsión de España, de la destrucción del Templo, no es ante todo una reconstitución histórica. Es un acto de identificación: «fuimos esclavos en Egipto». El pasado se hace presente.
Para el linaje Encaoua, estos dos registros coexisten. Está la historia —rigurosa, verificable, fundada en los documentos de la Bodleian Library, de los archivos del ANOM, de las responsa del Rivash—. Y está la memoria —los relatos transmitidos oralmente de generación en generación, la hilloula de Rabí Raphaël en Salé, el viaje legendario de Samuel Sultan a Oxford en 1897—.
Estos dos registros no se oponen. Se complementan, como dice Yerushalmi en su admirable Zakhor (1982): la historiografía judía moderna debe convertirse en un nuevo vector de la memoria colectiva.
Es la ambición de esta obra: lograr que la historia de los Encaoua, rigurosamente documentada, se convierta en memoria viva para las generaciones futuras.